
Un amigo y buen librero quiso, la semana pasada en Madrid, que le explicara mejor qué había detrás de la última línea que acababa de leer ante el público: “La literatura, sí. Nada que tenga demasiada importancia, y por eso precisamente tan interesante”. ¿Por qué “precisamente tan interesante”? Me llegó la impresión de que aquella última línea tenía todos los números para infiltrarse y prolongarse en la fiesta que empezaba acto seguido. Le expliqué al amigo y buen librero que se trataba de un guiño a Agatha Christie, que afirmaba resolver los casos policiales más difíciles gracias a prestar atención a lo que, por su aparente insignificancia, no despertaba interés alguno.Más informaciónAclarada la línea, le hice al amigo una pregunta que llevaba madurando hacía tiempo: si sabía por qué del mismo modo que hay en toda librería las tradicionales secciones de narrativa, ensayo y poesía, no había en ellas una sección cuyo nombre evocara la célebre observación de Goethe en 1827, según la cual el mundo estaba entrando en la Weltliteratur, en la “literatura universal”, donde lo importante no sería ya el lugar de origen de los escritores, sino su destino: la literatura, sin más añadiduras. Enseguida, el buen librero me advirtió de que la palabra weltliteratur podía provocar desconcierto por ser un término compuesto del alemán, de modo que mejor sería decir, simplemente, “literatura”. No pude estar más de acuerdo. Después de todo, el lugar de la literatura sin añadiduras podía tener su origen en cualquier punto, pero, como dijo Roberto Calasso, constituía siempre un reino separado, “al que se accede por un umbral que solo es perceptible cuando ya se ha franqueado”.¿Acaso ese umbral no lo había yo atravesado momentos antes cuando, al hablarle al buen librero tan directamente de la Weltliteratur, había tenido la impresión de haber franqueado una línea roja y ahora sentía que me encontraba al otro lado? ¿En un reino separado? Tal vez, porque una escena del pasado siempre tiene algo de reino separado. Y más si la misma sucede en un restaurante de la Plaza Mayor de Sarrià en una noche barcelonesa de hará tantísimos años. En ella reconozco al poeta y editor Carlos Barral, agotado tras su violenta discusión con otro gran poeta acerca de escudos de armas —el suyo lo compondrían, dijo, los dos delfines entrecruzados que formaban el logotipo de su editorial—, y girándose de pronto inesperadamente hacia mí —que no pasaba de ser un joven invitado de piedra— para preguntarme dos veces qué lema tenía yo pensado para mi futuro escudo. Al revivir el completo estupor de aquel momento vi claro —y así se lo dije al buen librero— que tras haber franqueado el umbral y constatado cómo se había ido convirtiendo mi noche en un viaje hacia las estrellas por el camino áspero (“Ad astra per aspera”, lema antiguo donde los haya) me tocaba regresar. Y así lo hice. Pensando —por pensar en algo— en los novelones escritos solo para venderse y que no se venden, volví a las luces y esplendor de la fiesta.
Se accede por un umbral | Cultura
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